Notas sobre el cansancio, el proyecto y la legitimidad en el trabajo cultural
- Paul Parrella

- 30 ene
- 7 Min. de lectura

Pedir aire...
En los últimos años, muchas prácticas artísticas y gestiones culturales se desarrollan en un régimen de tensión continua. No se trata únicamente de señalar la omnipresente precariedad económica (aunque esta sea decisiva), sino de razonar una forma más difusa de desgaste. Un fallo de energía atado al paso de los días, a la sensación persistente de estar siempre llegando tarde, de no avanzar, de no consolidar nada mientras el esfuerzo se difumina. Y claro, todo es confuso, porque esta sensación no suele aparecer como una idea clara, sino como una atmósfera. Una niebla espesa que invade el cuerpo antes que el lenguaje, y que, peligrosamente, nos impulsa a decretar una auto sentencia que enunciamos con escalofriante facilidad: yo no valgo, yo no soy capaz de estar a la altura, hay algo en mí que está fallando.
Pedir aire es, en este caso, pedir distancia.
Reservar un mínimo de espacio entre lo que se siente y lo que se es, entre lo que cuesta sostener y el valor que le atribuimos a ese esfuerzo. La demanda no aparece aquí como consigna provocadora ni como gesto defensivo. Se presenta ante nosotros como la forma precisa de nombrar la necesidad crítica y particular de despejar la niebla de la cabeza sin reducirla a simple síntoma, sin convertirla en identidad (y, con algo de suerte) sin exigirle al cansancio que se explique como si fuese una falla moral.
Este es el lugar donde conviene detenerse para tomar aire. No para desmentir esa sensación de manera voluntarista, sino para interrogarnos con el propósito de poder detectar su procedencia. Asumir el valor de preguntarnos:
¿Qué tipo de información porta ese malestar que produce niebla?
¿Habla esta niebla, realmente, de mi valor como sujeto, o está leyendo, a su manera, una coyuntura material, simbólica y temporal que por alguna razón me excede?
Es entonces donde considero que debemos pensar la emoción ocasionada por la niebla como una lectura afectiva producida por una situación concreta. De esta manera, puede que esa acción nos permita desplazar el foco del ruido. Habríamos dado un paso importante. Aunque no logremos neutralizar lo que se siente, nos permite sustraernos por un instante del complejo tribunal del yo. Ese lugar donde el cansancio, el miedo material y la dificultad para sostener la continuidad no aparecen en el vacío. Al contrario, emergen en un ecosistema cultural que exige visibilidad constante, crecimiento sostenido y reclama resultados legibles, incluso cuando las condiciones de producción se desarrollan en contextos frágiles y discontinuos.
En ese contexto, el cuerpo, más que la razón, suele ser el primer sensor en colapsar. No porque sea débil, sino porque está expuesto de manera prolongada a una disonancia: la de tener que responder a expectativas de rendimiento sin contar con infraestructuras estables que las sostengan.

El miedo material, en este sentido, no es necesariamente una distorsión. A menudo es una forma de lucidez. Percibe con claridad la vulnerabilidad de una práctica que no tiene red, que depende de ingresos irregulares, de convocatorias inciertas y de alianzas frágiles. El problema no es ese miedo, sino el momento en que empieza a colonizar todo el relato, cuando deja de ser un dato entre otros y se convierte en el marco desde el cual se interpreta cada decisión, cada pausa y cada dificultad. Entonces, la lucidez pierde barandilla y se transforma en parálisis.
En ese punto suele aparecer otra inquietud, menos visible pero igualmente corrosiva: la sensación de soledad. No solo como experiencia afectiva, sino como lectura política del propio lugar en el campo cultural. Muchos artistas y gestores deben lidiar con el juicio permanente. Viven la falta de equipo en sus proyectos, la ausencia de colaboradores estables y la falta de una comunidad activa como una señal de pérdida de legitimidad ante los pares. Como si el hecho de sostener un proyecto en soledad fuese una prueba silenciosa de su insuficiencia, anulando en cierto modo el universo de sacrificios que demanda cada iniciativa.
Este juicio también alimenta un mito persistente: el de la horizontalidad originaria. La idea de que los proyectos valiosos nacen ya como colectivos, cuidadosamente distribuidos, permanentemente acompañados, y que todo lo que no responde a ese ideal arrastra una falla estructural. Sin embargo, la observación atenta del campo cultural muestra otra cosa. La mayoría de los proyectos colectivos no nacen horizontales. Nacen sostenidos de manera asimétrica por una o dos personas que cargan durante años con tareas visibles e invisibles, hasta que, si las condiciones lo permiten, esa carga se redistribuye.
La horizontalidad no es un punto de partida moral. Es, cuando ocurre, una conquista tardía. Confundirla con una condición inicial no solo distorsiona la lectura del propio proceso, sino que añade una capa de culpa allí donde ya hay desgaste.
Para entender por qué esta confusión es tan frecuente, conviene introducir una imagen que atraviesa buena parte de las percepciones en el ámbito cultural: la del escaparate y la trastienda. Desde fuera, los proyectos se muestran a través de superficies cuidadosamente construidas: actividades, publicaciones, imágenes, nombres y calendarios. Esa visibilidad no es una mentira. Es una función. Permite sostener legitimidad, atraer atención y generar confianza.
La trastienda, en cambio, es el lugar donde se acumulan las tensiones, las dudas, los errores, las decisiones precarias y los cuerpos cansados. El problema no es que exista esa diferencia, sino olvidar que siempre existe. Cuando alguien compara su trastienda con el escaparate ajeno, la percepción del campo se distorsiona. No porque los otros no tengan problemas, sino porque esos problemas no son visibles sin poner en riesgo su posición.

Entre esa vitrina y esa trastienda se juega, en gran medida, la posibilidad misma de lo colectivo.
Esta ilusión óptica alimenta una narrativa silenciosa: los demás sí pueden, los demás sí funcionan, solo mi proyecto está atascado. Narrativa que rara vez se contrasta con la realidad de los procesos, y que refuerza la idea de que la dificultad es un defecto individual y no una condición compartida. Pensar el campo desde esta lógica comparativa termina por aislar aún más a quienes ya están sosteniendo demasiado.
En este contexto, lo colectivo aparece como un ideal deseable, pero también como una señal. Más que una esencia, funciona como un indicador de movimiento. Un proyecto con personas visibles, con rostros asociados y con actividad reconocible emite una señal clara: algo está ocurriendo. Esa señal genera confianza y facilita la adhesión. No porque el proyecto sea intrínsecamente mejor, sino porque resulta legible.
La legitimidad, en muchos casos, no proviene de una pureza conceptual ni de una coherencia ética perfecta, sino de la capacidad de mostrar continuidad en el tiempo. Hablar de legibilidad no implica reducir la práctica cultural a una estrategia de marketing. Implica reconocer que, en un entorno saturado de propuestas, las personas buscan orientaciones claras. Entender qué se hace, qué se está haciendo ahora y dónde hay un lugar posible para entrar sin estorbar.
Cuando esa legibilidad se pierde (sea por cansancio, por depresión profesional o por exceso de dudas) el proyecto no desaparece, pero se vuelve opaco. Y la opacidad, en este campo, suele confundirse con inactividad.
Aquí suele aparecer otra hipótesis peligrosa: la idea de que la gente no se enamora de los proyectos, sino de quienes los dirigen. Leída de manera literal, esta afirmación puede reforzar una carga injusta sobre la figura del artista o gestor, como si todo dependiera de su carisma, su energía o su capacidad de seducción. Sin embargo, lo que está en juego no es el carisma, sino la posición. No una personalidad magnética, sino una voz situada.
Cuando quien sostiene un proyecto se presenta constantemente como una pregunta abierta, cuando duda públicamente de su propio lugar y cuando no logra formular con cierta claridad desde dónde habla, esa indeterminación se filtra hacia el proyecto. No como honestidad radical, sino como borrosidad. Y esa borrosidad no es un defecto de carácter. Es, a menudo, un efecto directo del desgaste.

El desgaste es peligroso. Aparece cuando la energía escasea y cuando la continuidad se vuelve difícil. Sostener una posición pública clara exige un esfuerzo adicional que no siempre está disponible. Y esa dificultad se manifiesta de manera muy concreta en los dispositivos de exposición, en los formatos públicos de cada proyecto, en su escritura o en su programación cultural. Aquello que en un momento funcionó como aliado empieza a vivirse como examen. La exposición se carga de expectativas, la posibilidad de fallar se amplifica y la evitación aparece como mecanismo de defensa.
Aquí resulta clave pensar una distinción: la constancia no es una virtud moral, sino un efecto de diseño. Cuando la continuidad de una práctica depende exclusivamente de la lucidez, la inspiración o la estabilidad emocional de quien la sostiene, queda inevitablemente rehén de esos estados. Diseñar rituales no elimina el cansancio ni resuelve la precariedad, pero introduce una mediación. Permite que algo continúe incluso cuando la energía es baja. No como gesto heroico, sino como forma mínima de cuidado estructural.
Pensar en términos de ritualidad desplaza nuevamente la pregunta. Ya no se trata de ¿por qué no puedo sostener esto?, sino de ¿qué forma permitiría sostenerlo en estas condiciones? Ese desplazamiento abre la puerta a acciones pequeñas y concretas que no prometen expansión ni éxito, pero sí habitabilidad.
Aceptar este tipo de ajustes implica, en muchos casos, renunciar a la fantasía del crecimiento continuo. No toda fase es expansiva. Hay momentos de reconfiguración en los que el trabajo principal no consiste en sumar, sino en reducir, en ajustar cargas y en proteger el núcleo de sentido que hace que la práctica siga siendo viable. Replegarse no es rendirse. Es cambiar la forma para no perder lo esencial.
Volver a pensar desde ahí permite cerrar el círculo. La emoción, leída como dato y no como identidad, recupera su lugar. El proyecto deja de ser un espejo absoluto del valor personal. Y el cansancio, aunque no desaparezca, deja de dictar una teoría silenciosa del fracaso.
Retornemos al punto de partida. Pedir aire no es pedir alivio inmediato.
Es reclamar el espacio necesario para que el pensamiento vuelva a circular, para que el hacer cultural no se convierta en una prueba constante de valía y para que la fragilidad no termine por desactivar aquello que todavía merece ser sostenido.
Paul Parrella
Barcelona, 2026

Nota: Las imágenes que acompañan este texto corresponden a distintas obras performativas de Tehching Hsieh. Han sido escogidas como referencias límite que tensionan la reflexión aquí planteada. En ellas, el compromiso, la rutina, la exposición, el aislamiento y la continuidad aparecen llevados hasta extremos que permiten pensar, por contraste, las formas en que artistas y gestores culturales se vinculan con la carga de sus propios proyectos.

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