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Cuando la enunciación es vigilada por un panóptico inverso.
Si existe algo profundamente extraño (y lamentablemente sintomático de nuestra época) es esta demanda creciente de convertir al artista en una figura moralmente ejemplar. Como si, además de producir obra, los artistas debieran cargar con una suerte de investidura ética y sin fisuras. Como si la legitimidad estética dependiera de una biografía higiénica, iluminada, sostenida por una conducta que no ofrezca zonas de sombra. Hoy se le exige al artista una coherencia que no le pe

Paul Parrella
20 mar6 Min. de lectura
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