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¿Por qué curar?

hace 10 minutos
6 min de lectura

La Malinche México, del proyecto: Testigos del tiempo, fotografía Flor Garduño. Fecha: 1990


Escribo este texto como una presunta miembro del club de curadores: una historiadora del arte especializada en estudios y prácticas curatoriales, con áreas de interés como el feminismo, la decolonialidad y el giro afectivo en el quehacer artístico. Hasta ahí, nada demasiado extraño.


Jamás he sido partidaria de la jerarquía profesional que supone curar una exposición. No estoy de acuerdo con el hecho que, dentro de procesos tan complejos, y transversales, que supone la gestión de exposiciones, el curador aparezca como director de orquesta, solitario y sobre un pedestal desde el cual ejerce como rector del proyecto. Soy consciente de que cada vez más se aboga por prácticas horizontales y colectivas, por curadurías en las que la educación y la mediación trabajan de la mano y en las que los espacios son más conscientes de los procesos artísticos. Aun así, la figura del curador como genio creador, legitimador o protector de las colecciones artísticas sigue teniendo un peso importante en el mundo del arte. “Una de las figuras profesionales más extravagantes y ambiguas en el contexto de la cultura plástica contemporánea es la del curador de exposiciones. A menudo confundido por los profanos como un terapeuta raro venido a menos para curar no se sabe qué patología del arte y otras veces entendido simple y llanamente como un sujeto que organiza exposiciones.” (Suazo, 2004)


Con esto en mente surge la pregunta que da título al presente texto: ¿por qué curar? Al inicio tenía más que ver con ¿desde dónde curamos?, pero he decidido dejar el posicionamiento para otro momento. Me interesa una pregunta anterior: ¿por qué curamos en la actualidad? En este mundo contemporáneo que parece cada vez más frío, más distante y superficial,


¿para qué hacemos exposiciones?


“Untitled” (Portrait of Ross in L.A.), Felix Gonzalez-Torres. Fecha: 1991. Art Institute Chicago


En lo personal, me interesa lo colectivo porque es ahí donde se siente más. La curaduría no existe en solitario. Sé que sueno radical, e igual lo soy, pero me parece que no es posible conectar ideas, afecciones y búsquedas de sentido desde lo individual.


Curar es enunciarse, y enunciarse es como lanzarse a las profundidades del mar: primero, siempre debería hacerse acompañado; segundo, debería servir para dar cuenta de la vastedad del mundo a tu alrededor. Comienzo respondiendo a la pregunta por esta profesión desde ese lugar, porque ahora, más que nunca, necesitamos espacios de lo común, donde sentir afecciones positivas o negativas, y soy fiel creyente de que las exposiciones de arte pueden acercarnos hacia allá.


¿Por qué curar? En la antigua Roma, los curatores eran responsables de bienes y asuntos públicos; más tarde, el término se vinculó al cuidado de las almas y, finalmente, al de colecciones y objetos. Hans Ulrich Obrist recuerda esta genealogía para señalar algo que quizá seguimos olvidando: “en el origen de la curaduría no estaba la autoridad sobre aquello que se cuida, sino la responsabilidad de cuidarlo”. (Obrist, 2014).


En este sentido, la palabra curar tiene, además una coincidencia demasiado sugerente como para ignorarla. Curamos exposiciones, pero también curamos heridas. No creo que esto signifique que el arte tenga la obligación de sanar nada. Desconfío, de hecho, de esa expectativa casi redentora que a veces depositamos sobre ella (el arte): como si una exposición pudiera reparar por sí sola las violencias, desigualdades y fracturas que atraviesan nuestra realidad. No puede. Pero lo que sí puede hacer, es señalarlas. Puede detenernos frente a ellas. Puede hacerlas sensibles. Puede construir un espacio temporal en el que aquello que normalmente permanece separado aparezca, por un momento, en relación.


Félix Suazo escribía que curar no consiste en salvar las obras de una supuesta impureza, sino en localizar aquello que tienen en común para propiciar lecturas, ya no solamente del arte, sino de nuestro tiempo. Es así como desplazamos la pregunta de los objetos hacia las relaciones. Una exposición deja entonces de ser únicamente una selección de obras bien colocadas en un espacio para convertirse en una manera de mirar el presente desde una postura no neutral. Pero ¿qué es una postura no neutral? Como explica Adrian George en su Manual para curadores, explica sarcásticamente lo siguiente: “Las dificultades de esta posición se manifiestan al actuar como una voz lo suficientemente crítica como para ampliar y tensionar los límites de la institución, pero no tan crítica como para ser silenciada o excluida.” (George, 2015, p. 7, traducción propia). Contradecirte lo suficiente, para no llegar a contradecir al sistema. He ahí la dificultad del posicionamiento, la importancia de la no neutralidad y sobre todo de las prácticas colectivas y afectivas. 


Elegir qué entra en una exposición implica también decidir qué queda fuera. Elegir qué voces hablan, cuáles dialogan, qué documentos se recuperan, qué palabras utilizamos para nombrarlos y desde qué lugar construimos el relato. Incluso cuando pretendemos desaparecer detrás de las obras, estamos tomando decisiones. Por eso, quizá hoy resulte más urgente que nunca asumir y aceptar que toda curaduría implica un lugar de enunciación.


Esto, no implica convertir cada exposición en un manifiesto político, tampoco exigir que toda práctica artística responda de manera explícita a una agenda. Me refiero a reconocer que producir relatos también produce mundo. Y que, por tanto, la supuesta neutralidad curatorial no solo es imposible: puede convertirse en una manera bastante cómoda de no hacernos responsables de aquello que ponemos en circulación.


Esta responsabilidad se vuelve todavía más evidente en un presente saturado de imágenes. Vemos miles cada día. Deslizamos el dedo, consumimos, reaccionamos y seguimos. Los algoritmos aprenden rápidamente qué nos gusta y se vuelven extraordinariamente eficientes en mostrarnos más de lo mismo. Incluso las herramientas de inteligencia artificial, capaces de ampliar de manera vertiginosa nuestro acceso a imágenes, referencias e información, operan inevitablemente a partir de aquello que ya existe. Frente a esta abundancia, el problema ya no parece ser únicamente cómo acceder a la cultura, sino cómo generar encuentros que interrumpan nuestros propios patrones de reconocimiento, que nos contradigan y ofrezcan nuevas perspectivas a lo que está curado digitalmente para nosotros. Es desde esa grieta que hacer exposiciones resulta alentador y hasta necesario.


Poner frente a alguien una imagen que no habría buscado. Una historia que no conocía. Una experiencia que contradice la suya. Hacer convivir obras que, separadas, parecían hablar de cosas distintas y que juntas revelan una tensión inesperada. No para decirle al espectador qué debe pensar, sino para construir las condiciones desde las cuales pueda preguntarse algo.


En ese sentido, pensemos la curaduría como un acto creativo, pero no porque el curador sea un autor superior que utiliza las obras de otros para construir su gran relato. Todo lo contrario. Su creatividad está en la capacidad de relacionar: escuchar, asociar, traducir, negociar, poner en contacto y, también, saber cuándo hacerse a un lado. Kekena Corvalán define la curaduría afectiva como lo siguiente: “un modo particular de organizar relatos sobre la voz colectiva, relatos que recuperan lo que se demora, lo que puede perderse amenazado por el relámpago de un instante de peligro. La curaduría afectiva va por la potencia colectiva, que es la materia de nuestros sueños.” (Corvalán, 2020)


Por eso cada vez me interesa menos pensar al curador como alguien que tiene respuestas y más como alguien que construye condiciones para que ocurran encuentros. Alguien capaz de sostener preguntas durante el tiempo suficiente para que otras personas puedan entrar en ellas. Tal vez ahí esté la respuesta.


One and Three Chairs (Una y tres sillas), Joseph Kosuth. Fecha: 1965. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid


Entonces ¿por qué curar?


Porque vivimos rodeados de imágenes, pero eso no significa que estemos mirando. Porque estamos permanentemente conectados, pero no necesariamente relacionándonos. Porque tenemos acceso a más información que nunca y, aun así, seguimos necesitando espacios donde detenernos, mirar de nuevo y construir sentido con otros.


No creo que una exposición pueda curar el mundo. Ni siquiera sé si debería intentarlo. Pero sí creo que puede abrir una pequeña grieta en nuestra manera de mirarlo: reunir, aunque sea temporalmente, aquello que parecía distante; recuperar algo que estaba a punto de perderse; incomodarnos, afectarnos, hacernos preguntas. Recordarnos que todavía somos capaces de mirar y dejarnos tocar por aquello que tenemos enfrente.


Y quizá, después de todo, curar tenga menos que ver con sanar una herida que con impedir que dejemos de sentirla.



Bibliografía

Corvalán, K. (2020). Curaduría afectiva. Cariño Ediciones.

George, A. (2015). The curator’s handbook: Museums, commercial galleries, independent spaces. Thames & Hudson.

Obrist, H. U. (2014). Ways of curating. Farrar, Straus and Giroux.

Suazo, F. (2004). El (sano) oficio de curar. Revista Electrónica Esquife, (40).


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